Esta noche hay jornada en la mejor liga del mundo, la NBA. pero no obstante, de vez en cuando me encontraréis en la sección "otros", y con un toque algo más literario de lo habitual, siempre dando el énfasis que se merece al mejor deporte del mundo.
La disertación que hoy me atañe es algo que a nadie cogerá por sorprendido. Cuántas veces nos ha recorrido, bien a jugadores, técnicos, o espectadores (especialmente los primeros) esa extraña sensación al oír, al sentir el entrar del balón de forma limpia en la canasta. En un acto de evasión, prácticamente alergia al aro, y una entrada perfecta en la red, la cual toca por obligaciones de las leyes de la física, el lanzamiento puede ser tildado de "perfecto". A todos, insisto, a todos nos gusta, por amor al baloncesto, ese sonido, tanto que desmitificamos el dicho de "lo bueno, si breve, dos veces bueno". Aunque por una parte sí. Ese sonido ni puede, ni debe ser más breve.
La canasta no tiene culpa del uso que se le da, del contínuo símil al sexo que se le pueda formar, de la penetración contínua que todo jugador aspira a concederle, siendo él el "beneficiario" de las consecuencias de dichas acciones. Partiendo de tal axioma, nos encontramos con mi gran amigo Kobe. Dejando a un lado la ya casi olvidada (excepto para los ciudadanos de Denver) denuncia por violación, tenemos en él al máximo exponente de "tirador". Que no el de larga distancia, no le encasillemos. Usamos tal término para definir aquél que se prodiga mucho en los lanzamientos a canasta estadísticamente hablando, sean desde donde fueren. Es, por tanto, y desde mi punto de vista, el mayor artista que corre el ruedo del baloncesto en la actualidad. No solo es el que más lo intenta, sino el que más veces lo consigue. Él logra equilibrar la balanza histórica. De cuantos hemos intentado lograr EL OBJETIVO, la mayoría hemos caído en el intento. Es, de algun modo, una lacra para la canasta. Él, de algun otro modo, sería el redentor. Busca lo major para el aro, para la red, para el balón, y para nosotros.
Vengo a decir con todo, que hoy día no existe mejor regalo para la vista que ver al señor Bryant en acción. No se cansa uno de verle jugar, de verle divertirse. Él es un fanático de este deporte, y gracias a él se forman muchos más, en un círculo vicioso que tiende a espiral y que es poco más que lo que merece el baloncesto. El baloncesto creó a Bryant y Bryant devuelve a la gente a amar al baloncesto. ¿Religión? No, sencillamente baloncesto.
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